El poder que no se ejerce se pierde: 3. Cuando hay que dar explicaciones.

Acabamos ya con la serie acerca del poder. Tal como anunciamos en el apartado anterior, el poder que no se ejerce bien, se pierde. Esto significa que cuando uno ostenta un poder, de una manera u otra tiene que dar explicaciones por el mismo a alguien, porque todo poder es derivado.

El poder, cuando uno recibe un nombramiento, generalmente va acompañado por un mandato: ¿para qué se otorga ese poder? A esta cuestión ya dimos respuesta en la primera sección de esta serie. En ese mandado se especifica qué es lo que se pretende, para qué se ha otorgado ese poder. Por eso es importante cuando uno recibe poder, saber por qué se le va a juzgar, qué se va a tener en cuenta y de qué manera. Puede haber ejecutivos con poderes que, efectivamente,  respondan muy bien al mandato de la rentabilidad: hagan mucho dinero con pocos medios, pero también es cierto que si únicamente ese es el mandato, pueden acabar dejando como un solar a la empresa y nadie poder decirles nada: sólo hicieron lo que se les dijo, poniendo todos los medios, usando todo su poder, con consecuencias muy buenas a corto, pero desastrosas a medio.

A la hora de dar explicaciones, por lo tanto, entran en juego tres componentes: las características y pretensiones de la empresa: los fines que persiga como tal, la coherencia interna de la misma, y la cultura corporativa; las características y tareas asociadas al puesto: son el componente más específico de la responsabilidad, y forman la mayor parte de lo exigido  y el carácter personal a la hora de dar las explicaciones exigidas. Hay personas que no soportan tener que dar explicaciones. Esta actitud viene asociada generalmente a una concepción muy personalista del poder.

Precisamente este es el punto fuerte de la responsabilidad. El responsable es el que es el que tiene que dar las respuestas (respondere), es el llamado a darlas, el que tiene la capacidad para hacerlo, pero también la obligación, en función del encargo que se le ha dado y el poder que se le ha concedido. Precisamente lo propio de la persona responsable es el que tiene potestad, autoridad, y habilidad para dar las respuestas debidas tanto a los que están debajo de él como a los que están por encima, porque en ambos planos se piden respuestas por parte del que tiene el poder.

Tan negligente es no querer dar explicaciones como no pedirlas. En el primer caso es bastante obvio por todo lo dicho anteriormente. Pero en el segundo caso hay aspectos muy sutiles que deben ser analizados convenientemente. Efectivamente, no pedir las explicaciones debidas ante un mandato realizado, asociado a un poder concreto, es una forma de negligencia tan grave como la del que no quiere dar explicaciones. Tan injusto es lo uno como lo otro, pero con el agravante de que el que tiene más poder tiene también que ser ejemplar, además de que se puede convertir en un comportamiento que de extenderse a toda la empresa generaría un descontrol. El que recibe un mandato y un poder debe saber que va a ser controlado y cómo va a ser controlado. Tampoco está demás que sepa también qué consecuencias tendría un uno inapropiado del poder. Es lo justo.

Por último, no puedo finalizar este apartado sin hacer referencia a una de las figuras clásicas de la responsabilidad y el poder, que narra de manera muy plástica todo lo que hemos visto en estos tres apartados: la parábola de los Talentos. Efectivamente, ahí aparecen definidos los aspectos principales del poder y la responsabilidad. Una lectura atenta de esta escena narrada en los Evangelios nos permite profundizar desde una perspectiva personal en una realidad de alcance universal.

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