El poder que no se ejerce se pierde: 1. ¿Poder para qué?

“El poder que no se ejerce se pierde”. Esta frase se me quedó grabada un día que asistí a una de las asignaturas que formaban parte del doctorado en Cultura y Gobierno de las Organizaciones del Instituto Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra. No recuerdo bien el profesor que realizo esta afirmación, pero tanto su simplicidad como su repercusión hicieron que se me quedara grabada en la mente, y que haya veces que haya tenido que tirar de ella, tanto para motivar a otros como para dame cuenta de cual era el papel que me correspondía en determinadas situaciones.

Esta frase, debidamente analizada, explica muchas facetas y aspectos del ejercicio del poder en las organizaciones. Y explica también qué ocurre cuando los que tienen que ejercer el “poder” no lo hacen.

Poder es, por definición, la capacidad para hacer cosas, capacidad para llevar a cabo proyectos, poner en marcha iniciativas, movilizar: pasar de que no se esté haciendo algo a que se realice efectivamente. En este sentido tiene un cierto matiz creador y creativo, que exige también inteligencia. Por que el poder sin cabeza lleva fácilmente a “salirse a la cuneta”. Los que tienen el poder tienen la obligación de, primero, llenarlo de contenido, y en segundo lugar, ejercerlo, para en tercer lugar ser juzgados por el ejercicio de ese poder por aquéllos que se lo han dado. Veamos más detenidamente cada uno de estos aspectos:

1. Al “poder” hay que llenarlo de contenido: poder, pero para qué. Es toda una pregunta que muchas empresas intentan responder por medio de planes, proyectos, planteamientos estratégicos, etc. Es un pregunta que mucho gestor y ejecutivo medio no sabe responder en su profundidad. “¿Para qué?” es una pregunta de fondo, que cuestiona los fines y procedimientos de la empresa, y que obliga a ir más allá de las ventas o del producto, o lo que es peor aun: del ejercicio del poder por el poder, de la “poltrona por la poltrona”. “Para qué”  es un tipo de pregunta incómoda para aquel que no sabe. Es cierto que a día de hoy normalmente hay respuestas de relleno que anestesian las conciencias, respuestas idealistas (por el bien del mundo), o muy pragmáticas  (para salvar la empresa) que delatan muchas veces lo que en realidad llevan dentro de esas cabezas algunos de nuestros ejecutivos y gestores: nada. Ese “para qué” tendrá una respuesta más relacionada con la propia vida, y otra respuesta más relacionada con los fines de la empresa. “¿Para qué ostento yo este poder?”.

Además hay que tener en cuenta que el poder nunca, nunca, viene de uno mismo. Siempre, siempre hay alguien que te lo da. Hasta el presidente de su propia empresa, en el fondo (y en la cartera), depende de unas ventas y de unos clientes, sin los cuales no tendría empresa. Por mucho dinero que tenga (el dinero acumulado siempre habla del pasado, no del futuro) siempre dependerá de que siga habiendo ventas, que siga habiendo negocio. Si no  hay ventas, si no hay negocio, habrá perdido todo el poder que tenía. Y a partir de ahí, de ese vértice, comenzaría el árbol de delegación de poder y de nombramientos. En las grandes empresas el poder del consejo de administración viene del accionariado, pero todo accionista lo es en realidad porque espera un beneficio. Es el negocio y la capacidad de generación del mismo el que otorga el poder. En las asociaciones o las organizaciones no gubernamentales el poder viene en la capacidad que se tiene para cumplir los fines específicos de la misma. Y así sucesivamente… ¿Y un cargo intermedio? Pues del jefe. Y entonces es responsabilidad del jefe velar porque la persona a quien ha dado un poder lo ejerza bien, de acuerdo a las respuestas que se den a ese “para qué”, pero eso ya corresponde más al tercer aspecto.
Volvamos al “¿Para qué?”. Normalmente la respuesta a esta pregunta, decíamos, tendrá una respuesta más relacionada con los fines de la empresa, y también con los personales. Es una pregunta relacionada con la ética, con la visión personal de nuestro trabajo y del mundo, de nuestra consideración hacia el resto de personas, de los fines que perseguimos en la vida, y de los fines que persigue la empresa. Es difícil que una sociedad hedonista responda adecuadamente a una pregunta así, porque el hedonismo no puede dar el salto al bien común, sólo se limita al plano personal. Esto explica muchos de los fracasos económicos actuales. También dependerá del valor que le demos al dinero: como un fin en sí mismo o como un medio para algo mejor (o peor). De esta finalidad de la empresa y personal dependerá la finalidad que le demos al dinero.

En el siguiente post me centraré en el segundo punto: el ejercicio del poder.

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